miércoles, 27 de agosto de 2008

Fui un regalo robado


EL PAÍS de Madrid por Gabriela Cañas

Macarena nació por segunda vez cuando tenía 23 años. La plácida y apolítica vida que llevaba en Montevideo se trastocó por completo cuando su madre le confesó que no era hija suya y ella descubrió que era una niña robada; arrancada de los brazos de unos padres secuestrados, torturados y asesinados por la dictadura argentina y entregada a quien ella creía que era su padre: un policía uruguayo.

A Macarena aquella noticia le cambió la conciencia y la vida. A partir de entonces, supo de tormentos y de desapariciones, de horrores y complots represores y también que ella era un producto de todo eso. Descubrió que su abuelo llevaba años buscándola y que se llamaba Juan Gelman. Corrió a Internet y así fue como aprendió que era un poeta muy importante, argentino también, como sus verdaderos padres, que vivía y sigue viviendo autoexiliado en México y que desde allí reclamaba el derecho a recuperar a esa nieta de cuya infancia nunca pudo disfrutar.

Macarena pleiteó para cambiarse el apellido. Ahora lleva los apellidos Gelman García, como su auténtico padre, como su auténtica madre, aunque mantuvo su nombre de pila, el que le impuso su madre adoptiva.

Busca los restos de su madre y apoya la derogación de la Ley de Caducidad por considerar que da cobertura legal a la impunidad. Incluso ha asistido al intento fallido de desenterrar el cadáver de su madre en un lugar que resultó equivocado. Contar su historia se convirtió para ella en una herramienta para abrirse paso en la espesura de los silencios cómplices. De los jovencísimos padres que nunca conoció habla con ternura y, a veces, en presente.

-¿Cómo le dieron la noticia de que usted era hija de otros?
-Me lo dijo mi mamá. Mi papá había muerto cuatro meses atrás y mi madre me dijo que mi abuelo estaba buscándome. En realidad, toda mi familia biológica me estaba buscando. Mis papás biológicos tenían 19 y 20 años. Eran argentinos. Vivían en Buenos Aires. Los secuestran el 24 de agosto de 1976.
-Su madre tendría 51 años.
-No sé si llegó a cumplir los 20. La última vez que la ven con vida es el 22 de diciembre y a mí me dejan en la casa de los papás que me criaron el 14 de enero de 1977. Ella cumplía los 20 el 6 de enero. Los secuestran, los llevan al centro clandestino Automotores Orletti. A mi papá lo matan en 1976 mismo, a finales de septiembre u octubre. A mi mamá la trasladan a Uruguay dentro del Plan Cóndor. Estaba embarazada de 7 meses y medio cuando la secuestran.
-¿Sabía en qué consistía el Plan Cóndor?
-No, pero fue de lo primero que me enteré. Porque cuando mi mamá me cuenta que no soy su hija biológica, me dice que si quiero saber más tengo que hablar con el obispo Pablo Galimberti, que era la persona que mi abuelo había contactado para hablar con nosotros. Según supe después, mi abuelo sabía que mis padres eran muy devotos y que era la mejor manera de acercarse a mi familia adoptiva. Mi mamá le había dicho a Galimberti que yo no sabía nada y que, de hecho, ella y mi papá planeaban contarme la verdad ese año, en 2000. Pero nunca llegaron a hacerlo. Mi padre murió de cáncer cuatro meses antes del encuentro con el obispo.
-¿Nunca sospechó nada, ningún indicio de que sus padres no fueran realmente sus padres?
-No, absolutamente nada.
-¿Le molestó la noticia? ¿Se enfadó con su madre?
-Tanto en ese momento como después, siempre pensé que la verdad era mejor que cualquier otra cosa… Como le decía, a mi mamá la trasladan acá a Montevideo. Era noviembre de 1976, según he podido saber. Nos tienen un tiempo juntas, al menos hasta el 22 de diciembre. El parto fue acá. Se presume que en el hospital militar, aunque nadie lo confirmó. Me dijeron que el parto fue el 1º de noviembre. Es la fecha más probable.
Además, cuando me dejan en la puerta de mis papás lo hacen con un cartelito dando esa fecha de nacimiento. Presumo que no es mentira, aunque no tengo certeza. Después del 22 de diciembre, última fecha en la que nos ven juntas y viva a mi mamá, no se sabe nada hasta el 14 de enero, día en que me dejan en la puerta de la casa de mis papás. Según ellos, una noche tocaron el timbre, abrieron y había una canasta con un bebé y un cartelito. Era yo.
-Un regalito, vaya.
-Sí, un regalito (se ríe). Un regalito que habían robado de algún lado. De mi mamá no se supo nunca más nada. Se confirmó que sí, que la trajeron a Uruguay y parece que la asesinaron también, pero no hay ni datos de dónde pueda estar enterrada. Se manejó que la habían enterrado en el Batallón 14, pero la búsqueda no dio ningún resultado.
DESAPARICIÓN.
Aquel 24 de agosto de 1976 que Macarena menciona con precisión, los militares argentinos irrumpieron en el domicilio del periodista y escritor Juan Gelman, muy buscado por la extrema derecha.
Pero resultó que Gelman se había marchado al exilio. En su lugar, se llevaron a su hijo Marcelo y a su esposa, María Claudia García, embarazada. Eso salvó la vida al que sería un poeta galardonado en múltiples ocasiones, pero le acarreó todo el dolor que ha destilado en su poesía.
Su vida ha sido desde entonces una búsqueda incesante de los suyos; de su hijo, de su esposa y de ese bebé. Trece años más tarde de aquel fatídico secuestro se recuperó el cadáver de Marcelo, dentro de un barril de cemento y arena. Aún no se han encontrado los restos de María Claudia.
-¿Se resistió en algún momento a conocer la verdad?
-No, nunca. Enseguida llamé a monseñor Galimberti y, cuando me senté a hablar con él, lo primero que me contó es la historia de la Operación Cóndor, que había consistido en la coordinación de las fuerzas represivas de América Latina. Me contó todo lo que mi abuelo había podido averiguar. Lo que él sabía.
Para confirmar mi identidad había que hacer una prueba de ADN, cosa que yo manejaba (es estudiante de Bioquímica y trabaja en la administración de un hospital). Sabía que era necesario. Bueno, me dijo que lo mejor era ir aproximándome a mi abuelo, con cierta prudencia. Siempre a través del obispo. Me consiguió una carpeta con fotos de mi abuelo. Me enteré de que hubo una campaña internacional para buscarme que contó con el apoyo de mucha gente, pero yo no me había enterado de nada.
-¿Cómo es posible?
-No sé, porque la campaña era tremenda. Claro, fue la época en la que falleció papá y yo estaba totalmente en otra cosa, pero aparecían incluso cartas públicas de mi abuelo con el entonces presidente Julio María Sanguinetti. Afiches. Se le había dado mucha publicidad al tema.
-¿Y nunca se había fijado?
-Nunca. Debí de ser la única que no se enteró. Porque todos mis amigos habían oído algo menos yo (se ríe). ¡Cómo se dan las cosas! Es que era casi como ridículo que no me hubiera enterado. Además, no sabía quién era mi abuelo. Era la primera vez que oía su nombre. Tuve la inquietud de entrar en contacto con él, así que mi abuelo y su mujer viajan a Montevideo y nos conocemos. Fue en febrero de 2000, que se supo oficialmente mi paradero.
Miedos. En verdad que resulta paradójico que Macarena ignorase hasta ese momento su propia búsqueda. Hasta llegar a ese nieto cuya existencia sólo se adivinaba, Juan Gelman y su segunda esposa acometieron una minuciosa búsqueda de cuyos detalles Gelman prefiere no hablar. ‘Mi mujer, Mara, fue quien llevó a cabo la investigación’, cuenta, ‘y cada noche evaluábamos los pedacitos de información reunidos. Yo me encargué de la campaña de prensa. Se reunieron más de 100.000 firmas de escritores, artistas, ciudadanos de a pie y una docena de premios Nobel de 102 países de los cinco continentes’.
Gelman instigó a las autoridades para que buscaran la verdad, cuando supo que María Claudia había sido llevada a Uruguay.
-¿Tenía miedo de toda esta nueva situación en su vida?
-Sí, bastante. Mucho. Conocí a mi abuelo y quedamos en hacer la prueba del ADN. No tenía sentido quedarme con las dudas. Los análisis las despejaron: 99,99%. Durante el tiempo de espera me relacioné mucho con él.
-Conoció nuevos familiares.
-Sí. Tengo también una abuela paterna que vive en Buenos Aires, así como un primo y una tía. Y un abuelo y un tío en España, en Barcelona, por parte de mi mamá. También hay primos de mis padres, amigos… He tratado de conocer a toda la gente. La verdad es que ha sido muy rico como experiencia y en aporte de datos para reconstruir la historia. A la edad que tenían mis padres la pasás más tiempo con los amigos que con la familia. Así que la mejor fuente eran los amigos. Fue muy lindo en ese sentido. Me han apoyado mucho.
-Se relacionó mucho con su abuelo. ¿Le gustó?
- Sí. Yo iba con un miedo terrible y él me imagino que tendría sus dudas. Pero a partir de ahí fue una avalancha. Había decisiones que tomar en un momento histórico y político en el que todavía se negaba la existencia de niños robados. Aquí se negaban la mayoría de las cosas.
-¿Hasta entonces nunca se había preocupado por estos asuntos?
-No. Tampoco tenía afiliación política alguna. No me interesaba la política partidaria, aunque militaba en un sindicato estudiantil. La Ley de Caducidad no permite que los responsables de crímenes de la dictadura sean investigados. No permite ni la investigación, si bien este gobierno ha hecho mucho por permitir todas las investigaciones abiertas. El gobierno consideró que el caso de mi mamá no debía estar incluido. A pesar de eso, la causa, archivada, que presentó mi abuelo en 2002 y que yo pedí reabrir en febrero, fue de nuevo archivada en base a esa ley. (El miércoles fue reabrierto el caso):
-¿Se ha contactado con gente con historias similares?
-Sí, por supuesto. Llega un momento en que tu entorno no te satisface. Es muy difícil hablar de algunas cosas. Mis amigos me han dicho que les cuesta tratar esta parte de mi historia. Que no saben si hablarme, si no hablarme…
-¿Es más fácil hablar con otros niños robados?
-Sí, hay una empatía. Es especial. Una comunicación más allá del conocimiento personal. Al menos a mí me ha pasado. Espontáneamente surge el tema, las experiencias. Y uno se siente entendido.
-¿Hay asociaciones de niños robados en las que se involucró?
-Sí, organizan actividades para reconstruir sus historias. En Argentina es más común. Allí me siento cómoda; menos rara.
-¿Quiere saber más de su mamá?
-Quiero saber qué pasó con ella y dónde está. Todo es difícil. Te dicen, mira, tus papás son éstos. Tienes que conocerlos a través de otra gente. Cuando me enteré de su existencia yo ya había vivido más de lo que ellos vivieron. Las circunstancias tan trágicas y tan injustas…
-¿Qué idea se ha hecho de ellos?
-Que eran muy buenas personas. Mi papá era introvertido, maduro, pensativo, preocupado por lo que pasaba. Dulce. No muy deportista. Y mi mamá… Me la describen como alegre e inquieta, graciosa. Los amigos los querían mucho.
-¿Avanza la investigación?
-Está estancada. Y la angustia crece. Los militares tienen un pacto de silencio y no hablan. Yo siempre tengo la expectativa de que se rompa ese pacto. Pero por lo que he visto es muy difícil. Se han manejado lugares de enterramiento que no resultaron. No ha habido avances. El caso ha sido archivado dos veces. El expediente es enorme. Hay algo que los militares siempre invocan y que es la Operación Zanahoria, la operación de remoción de los cuerpos enterrados. No fue completa. Se espera que aparezcan más. El problema es que la búsqueda, con la escasez de datos, es complicada. Pero el gobierno de Vázquez tiene gran disposición.
-¿Se siente amparada?
-Sí. El gobierno anterior también colaboró. Nunca me han puesto dificultades. Se hizo una Comisión para la Paz, que investigó con potestades muy limitadas, pero fue un primer paso importantísimo que dio el presidente Batlle. No se logró mucho respecto a mi mamá, pero fue valiosa. Con el gobierno de Vázquez, tomó otra fuerza.
-Su abuelo mantuvo un duro encontronazo con Sanguinetti.
-Sí. Y también se habló de la vinculación que pudo haber tenido mi papá (adoptivo) con la gente que me robó. Incluso se manejó que era amigo de Sanguinetti o de alguno de los asesinos de mi mamá. No hay nada probado. Amistad personal con Sanguinetti no la hubo, porque viví con mi papá 23 años. La realidad es que mi papá era jefe de Policía del gobierno de Sanguinetti en San José. Tuvieron una relación política. Militaba en el Partido Colorado. Mi papá era inspector de policía. Pero para mí es una incógnita.
-¿Y qué dice su madre?
-Mi madre desconocía… No estoy segura, obviamente. No sé lo que pudo saber mi papá. Sé que supo antes de morir que mi abuelo me buscaba. La primera vez que mi abuelo vino a Uruguay fue en 1998. No me lo dijo. No es una cosa fácil de decir.
-No parece que haya anidado rencor hacia su familia adoptiva.
-Mis sentimientos respecto a mi familia adoptiva no han cambiado. Me dieron una muy buena educación e infancia. No tengo nada negativo. Todo lo que vino después es una conjunción de historias de tanta gente…. Sé que mi papá no tuvo nada que ver con la muerte de mi mamá.
Sin referentes: ‘no sos de acá, no sos de allá’
-Contó con un abuelo que no se rindió.
-Sí. La verdad es que estoy super agradecida porque colaboró mucha gente, tanto en la búsqueda como después en las distintas etapas, si bien naturalmente uno se llega a sentir muy solo porque resulta que la que es mi familia no lo es, y la que es, no lo fue. Y no está acá. La distancia es algo positivo y negativo. Ahora viajo a Argentina a ver a mis nuevos parientes. Voy cuando los extraño y a veces quiero irme corriendo.
-¿Se siente más argentina que uruguaya?
- El corazón está dividido.
-¿Ha leído a Gelman?
-Lo que he podido. La poesía siempre me gustó. Mi papá también escribía. Me hicieron llegar unos cuadernos. Era una poesía fuerte para su edad. Dura. Negro, muerte, sangre. Algo premonitorio. Había un poema incluso en el que se despedía de los amigos ¡a los 15 años! Supongo que eso tiene que ver con una generación. Quizá eso no estaba tan fuera de lugar en ese momento. Para mí fue fuerte. Que mi papá tuviera esa visión…
-Tiene ya 31 años y no ha terminado la carrera.
-Estoy en una especie de crisis, en un momento en el que no sé qué va a ser de mi vida el mes que viene. Estoy confundida y, aunque suene cursi, busco mi lugar en el mundo (se ríe). Todo esto te mueve los marcos de referencia. El sentido de pertenencia se ve vulnerado. No sos de acá. No sos de allá. Nací y crecí en Uruguay y me siento uruguaya, pero, en sí, mi historia tiene más que ver con Argentina. Te quedas sin referentes. En todos lados soy un poco extranjera.
Justicia.
El pasado 23 de abril, Juan Gelman recibió el Premio Cervantes en Alcalá de Henares. Allí declamó: ‘Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero’.
En primera fila le escuchaba Macarena. Los dos siguen buscando los restos de María Claudia.
‘No me enteré de la campaña de mi abuelo en mi búsqueda. Fue los días que murió mi papá’.
‘No sé lo que sabía, pero mi papá no tuvo nada que ver con la muerte de mi mamá’.
‘Lloraba y le pregunté: ¿no soy tu hija?’
-¿Cómo ha vivido todo esto su familia adoptiva? ¿Cambiaron las relaciones entre ustedes?
-La verdad es que es una familia pequeña, porque en sí los más cercanos eran mi mamá y mi papá. No estaban muy unidos a sus parientes, así que no había vínculos estrechos. Cuando hablo de mi familia adoptiva hablo sólo de mi mamá, con la que vivo al día de hoy. Mostró toda su colaboración en mi investigación, en el sentido de no ocasionarme dolor. Al contrario. Siempre me apoyó en todo lo que quise hacer. Lo hizo incluso en el juicio de filiación, que se llevó a cabo en 2004 y que fue lo más difícil.
-Para ella tuvo que ser doloroso.
-Por supuesto. Pero siempre tuvo una actitud de acompañarme más que de cuestionarme. Ella incluso siente un gran aprecio por mi abuelo. Es mayor. Ahora tiene 76 años y está muy delicada de salud. Todo esto le ha influido mucho.
-¿Ayudó la forma en la que le dio la noticia? ¿Cómo fue?
-Un día volvía a casa y me la encontré llorando. Le pregunté qué le pasaba. Me dijo que tenía que hablar conmigo. Me dijo que mejor hablábamos cuando volviera de trabajar. Lloraba tanto que decidí quedarme. Le preguntaba y ella sólo lloraba. No podía hablar. Le pregunté si tenía que ver con papá, con ella. Me dijo que con los tres. Y entonces (no me pregunte por qué; yo nunca sospeché), lo cierto es que, ante su silencio y su llanto, le pregunté: ‘¿Es que no soy hija de ustedes?’. Y ella me dijo: ‘¿Quién te lo dijo?’ Ahí fue cuando me di cuenta de lo que había dicho.
-De alguna forma, aunque fuera de forma inconsciente, lo sabía…
-Parece que voy a tener que terminar aceptando que sí. Entonces, ahí ella ya me cuenta cómo llego a la casa de ellos y me dice que desconocía de dónde provenía yo hasta que este señor que era mi abuelo se puso en contacto con ella. Obviamente, me puse a llorar. No entendía lo que me pasaba en la cabeza.

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